Roubaix, el adiós de Bradley Wiggins

La París-Roubaix es siempre mucho más que una clásica. Pero en 2015 supondrá también el adiós de un ciclista único por su calidad y también por su irregularidad. Es lo que tienen los genios. Es lo que tiene y lo que ha ofrecido durante toda su trayectoria deportiva Bradley Wiggins, un ciclista especial desde el principio hasta el fin de sus días en la carretera.

Wiggins es el primer británico ganador de un Tour de Francia y siempre será recordado por eso, por cumplir el sueño de un Dave Brailsford que creó Sky con ese único y gran objetivo: lograr que los británicos también pudieran soñar en julio y no tuvieran que limitarse a dormir la siesta impotentes ante el dominio de españoles, italianos y, en menor medida, franceses.

Pero vayamos al inicio. Wiggins nació en Bélgica y no en Inglaterra, un detalle anecdótico en su trayectoria pero que no puede ser ignorado del todo. Deportivamente, tampoco puede decirse que fuera un corredor formado en las islas, puesto que desde bien joven compitió en los mejores equipos franceses, algo lógico ante la falta de estructuras potentes en su país. Es más, Wiggins firmó un contrato con un equipo llamado Linda McCartney. Sólo duraron un mes en el pelotón antes de ir a la quiebra. Entre los perjudicados, el británico.

Pero Wiggins se supo sobreponer a esa estafa y fue creciendo paso a paso en FDJ, Credit Agricole y Cofidis. En las categorías inferiores, ya había demostrado ser todo un talento. Ganó el Mundial de Cuba de persecución individual. Y su punto fuerte precisamente era ésa: las cronos llanas. Así llegó su primera victoria en profesionales: una contrarreloj individual del Tour del Porvenir.

Sin embargo, nada hacía presagiar que podría acabar dominando una carrera de tres semanas como el Tour de Francia. Su gran salto adelante llegó en 2009 y de la mano de Garmin-Slipstream. Esa temporada firmó la cuarta posición en la general final. Sólo Alberto Contador, Andy Schleck y Lance Armstrong (¿?) fueron mejores que él.

En ese momento nacía el proyecto Sky y lo tuvieron claro desde el primer segundo. Debían firmar a Mark Cavendish. Pero sobre todo debían hacerse con los servicios de Wiggins, el hombre con el que soñar en julio. Wiggins llegó a la escuadra británica y necesitó de casi dos años para firmar su primer podio en una carrera de tres semanas: la Vuelta a España de 2011.

Y de nuevo llegamos a un año mágico: 2012. Y vuelve a emerger la mejor versión posible de Wiggins. Ganó la París-Niza, ganó Romandía, ganó el Dauphiné, ganó el Tour de Francia y ganó los Juegos Olímpicos en la especialidad de contrarreloj. ¡Mejor, imposible! Después de ese aluvión de triunfos, parecía que Wiggins se iba a convertir en el nuevo monarca mundial, en un corredor que siguiera el modelo de Miguel Indurain y continuase avasallando a sus rivales… Pero nada de eso sucedió.

La crisis deportiva entre Wiggins y Froome acabó siendo ganada por Froome después de la incomparecencia de un Wiggins que parecía haber saciado todo su espíritu competitivo con un 2012 inmejorable. En 2013 llegó su fracaso en el Giro y a partir de ahí sólo hemos visto destellos del gran talento británico: la victoria en el Tour de Inglaterra de 2013, la general del Tour de California de 2014, la contrarreloj individual del Mundial de 2014…

Ahora llega el momento de decir adiós a la carretera y volver a donde todo empezó: los velódromos. Y Wiggins ha elegido un infierno para hacerlo: la París-Roubaix. Lo ha hecho diciendo que daría su Tour por una victoria en el velódromo de Roubaix. Una frase que retrata a un genio.

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