¿Hay que proteger a los corredores del público?

No había discurrido ni una semana desde que comenzara el Giro de Italia y ya se habían producido dos sucesos, protagonizados por espectadores, con consecuencias graves para los participantes de la carrera italiana. El primero de estos hechos tuvo lugar en la 2ª etapa, Abenga-Génova, cuando a 11 kilómetros de la meta un individuo en atuendo de ciclista saltó con su bici desde una acera para sumarse al pelotón. Aunque el indocumentado no llegó a impactar con ningún corredor, provocó un movimiento dentro del grupo, que dio lugar a una caída masiva en la que se vieron implicados Domenico Pozzovivo (golpe en la tibia) y Peter Serry, que debió abandonar con una distensión de los ligamentos del hombro.

En la 6ª etapa, Montecatini Terme-Castiglione della Pescaia, un sujeto apostado en la recta de meta con la intención de tomar unas fotos originó una auténtica hecatombe, pues golpeó con su cámara a Daniele Colli, y éste en su caída produjo un verdadero efecto dominó, que llevó a tierra a una veintena de corredores, entre ellos al líder de la carrera, Alberto Contador.

Percances de esta índole, más estos últimos en los que participan fotógrafos particularmente torpes, se vienen repitiendo en los últimos tiempos con una regularidad que empieza a preocupar. El excorredor italiano Massimiliano Lelli, ahora en tareas de comentarista de la televisión pública italiana, señalaba que se deberían establecer algunas reglas para tratar de evitar estas desgracias.

Evidentemente, la tarea no es fácil, habida cuenta de que el ciclismo es un espectáculo que se desarrolla en vías públicas. Pretender una protección de los corredores en todo instante es como pensar en instalar barreras en el campo. Sí parece posible que en las zonas más sensibles, como las llegadas, se coloquen vallas altas, de dos metros, en el último kilómetro y no en los últimos 100 ó 200 metros, como es el caso actualmente. También es factible impedir que el público se pueda inclinar por encima de las vallas, si éstas son bajas, con la colocación de doble vallado, con separación de un metro entre una y otra barrera, una fórmula que está dando un excelente resultado en las pruebas de ciclocross en Bélgica.

Se podrá objetar que la concienciación y educación del público es el remedio más eficaz para que imágenes como las vistas en este Giro no se repitan, pero la realidad es terca y siempre resultará utópico poner freno a los incontrolados, máxime si como en la corsa rosa les vienen a la mente ideas tan necias y alocadas como la de unirse desde la acera a un pelotón lanzado a 60 por hora. Por ello, se pueden imaginar, a semejanza de lo legislado en materia de violencia en el fútbol, sanciones de prohibición de presencia en espectáculos ciclistas a los culpables de estos accidentes, al margen perseguirlos en los tribunales para exigirles responsabilidades penales o civiles, en función del grado de negligencia o mala fe.

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